Maribel Gallardo x Museo del Greco Toledo

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Coreografía Hablada – Estudio coreográfico para castañuelas, movimiento y legado

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Creación y dirección: Eduardo Rivero

Coreografía de castañuelas e interpretación: Maribel Gallardo

Guión: Lionel Braverman

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Maribel despierta y baila. Baila en el museo. Baila ante la tribuna de jueces. Ante el palco del público sacro del Apostolado ejecuta su danza profana, popular, pícara. “Casi indecente”, como decía Betty.

¿Escandalizaría su baile al Greco? ¿Intimidan sus movimientos a los apóstoles? ¿Perturba Maribel sus miradas benévolas e inteligentes, vivísimas? ¿Consuela su júbilo al desdichado San Pedro, le distrae de su arrepentimiento? ¿Indignaría Maribel al Greco con sus pasos juguetones y seductores ante los santos amigos de Cristo, como una Salomé moderna?

Maribel se acerca a ellos, los imita, los interroga. Los reinterpreta a través del movimiento y a partir de su quietud, de la serena monumentalidad de la que los dotó Domenikos, de la inmovilidad de sus cuerpos, ocultos por mantos pesados de los que solo sobresalen manos y cabeza, como en una escultura de Bernini o una Virgen de la Roldana. Cabeza y manos, las partes que hablan. Los apóstoles cierran la boca, pero abren las manos. Hablan, piden, escuchan, abrazan con delicadeza, agarra San Judas la alabarda con fuerza. Les responde Maribel también con las manos y los interpela con sus castañuelas, idioma desconocido para estos hombres.

Sobresalen solo manos y cabeza. Ropajes pesados, densos, metros de tejido plegado sobre sí mismo de forma escultórica. Esconden el cuerpo, lo niegan, lo anulan. Se hinchan los mantos y vuelan en torno a la figura, ocultando lo corpóreo, lo fisiológico, el peso de huesos y músculos se desvanece. Es liviana Maribel en su danza, como los apóstoles en sus mantos. Como lo son las figuras del Greco, que se alargan y estiran hasta alcanzar los Cielos, hasta despojarse de su fisicidad.

Difumina Maribel sus contornos mientras gira, como se desdibuja el perfil de San Andrés integrándose en el fondo negro, en la pincelada abstracta. Una pincelada y otra. Superficies que podrían ser de Turner, de Francis Bacon. Desarrolla Maribel su baile, como Domenikos ejecuta su pintura, anticipando el action painting entre el academicismo de la Roma post Miguel Ángel y la austeridad de los penitentes contrarreformistas.

Descarga el pincel el Greco en los bordes del cuadro (sobresale un pintarrajo por debajo del marco de San Pedro) y con esa concesión de realidad entre tanto ilusionismo se hace presente en el mismo plano temporal y espacial que Maribel.

Los santos callan, pero Maribel habla. Recupera el texto, la palabra hablada, como en la chacona original se cantaba y se reía, antes de que la música culta y los compositores casi tan sagrados como estos santos silenciaran esa voz y solemnizaran esa música, convirtiéndola en piezas instrumentales. Se desprecia a Domenikos y se le niegan la corte y El Escorial, hasta que el Romanticismo se queda boquiabierto con sus agallas, como dice Huxley. Hasta que las Vanguardias lo convierten en fundamental, hasta que la Historia del Arte lo nombra imprescindible y lo solemniza también, como a la chacona.

“Me pregunto qué puede tener de sensual una obra tan clásica, de la corte”, dice Maribel. ¿Qué puede tener de sensual un santo apóstol? Quizá la sinuosidad, la anatomía oculta, la mirada elevada y anhelante, las manos delicadas que acarician los instrumentos del martirio, que abrazan el sufrimiento que les acerca a la Gloria y les hace uno con su amado.

Maribel cuela la chacona en el museo, como la chacona se coló en la corte. La corte que rechazó al Greco. “Están bailando la chacona en palacio”, dicen en El rey pasmado. Qué escándalo: un baile popular y casi lujurioso en palacio. Como si la vida noble fuera ejemplo de cristiandad. Se decía que era imposible escuchar una chacona y no unirse al baile. Imposible quedarse quieta. Obligados están los apóstoles a quedarse quietos, cautivos en el lienzo, encerrados en el marco y en la bidimensionalidad. Esos dedos largos tamborilean, sin embargo. Los ojos brillantes siguen a Maribel sobre el suelo de loza.

Desacraliza Maribel el cubo blanco, destruye el elitismo de la Alta Historia del Arte a través de una danza del pueblo. Acercar la Historia del Arte al pueblo, ¿es ese el primer objetivo de expertos, de académicos, de entendidos?

Evita Maribel bailando el estatismo del museo, la verticalidad del muro, la mirada frontal del visitante, la interpretación cerrada que un día diera un sabio. Aproxima el museo, la obra, la divinidad, a quien quizá no sabe pero siente y aprende. Dinamiza la caja contenedora de siglos de historia a través de un espectáculo de movimiento, giros, saltos y alegría.

Asisten los apóstoles al baile de la chacona, como podría haber asistido el pintor en palacio si a Felipe II no le hubiera parecido su arte carnavalesco y absurdo. Quizá incluso lo habrían sacado a bailar. Adquiere la chacona su toque elegante en Italia, donde el Greco aprende la también elegante pero osada pincelada de Tiziano, demasiado moderna para El Prudente. Se populariza la chacona en la primera década del siglo XVII. Se pintan los apóstoles en los mismos años. Muere poco después Domenikos, sin asistir a un baile en la corte, pero le trae Maribel una chacona a su museo, solo para él, para sus apóstoles. Un pase privado hoy, de la Maestra al Maestro y a sus discípulos.

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